LA VOCACIÓN DE LA OBLATA
Por su profesión, la oblata queda unida de modo especial a Cristo Sacerdote. Su ofrenda, asociada al sacrificio redentor de Jesucristo, se va convirtiendo en realidad concreta y continuamente vivida por la progresiva configuración con Cristo pobre, virgen y obediente hasta la muerte de cruz.
Dentro
de la vida contemplativa, la Congregación de HH. Oblatas de Cristo
Sacerdote tiene un fin específico que está en la razón de su origen
y nacimiento. Este carisma, recibido del Espíritu Santo, es cooperar
espiritualmente a la santificación de los sacerdotes y aspirantes al
sacerdocio. Los Padres Fu
ndadores,
han recogido el latido del corazón
de Cristo expresado en su
última Cena cuando, sabiendo que su vida estaba a punto de terminar,
se dirige a su Padre en la oración sacerdotal (Jn 17) y expresa su
amor y preocupación por sus apóstoles: “Padre, yo te ruego por
ellos, y por ellos yo me ofrezco en oración para que sean
santificados en la verdad”. La oblata, recoge este latido y se
ofrece para que este deseo de Cristo sea una realidad en la Iglesia
y en el mundo.
“El alma Oblata tiene que romper las tapias del convento y surcar los mares y llegar hasta el último confín de la tierra con la misma caridad con que Cristo está presente, con su mismo Amor Redentor [...] Desde el escondite de su vida “escondida con Cristo en Dios”, vacía de toda mira personal, entregado todo su ser en oblación “pro eis et pro Ecclesia”, sabe ir muriendo, es envoltura del Corazón de Cristo, para que ese “los amó hasta el fin” llegue hasta el último término de la tierra. Y aquel misionero perdido, desconocido en su misión; aquel sacerdote incomprendido; aquel otro en peligro; aquel lleno de ilusiones, pero sin posibilidades; aquel otro demasiado sostenido por sí mismo... Todo ese mundo de sacerdotes..., hombre entre los hombres, segregado para ser otro Cristo en donde Él deposite sus mismos poderes. ¿Qué siente el corazón de Cristo? Los hace “otros Él” y tienen que llegar a la realidad de que sólo Cristo sea su vida y exigencia. Y no están inmunizados, porque, sin ser del mundo, están en él. Tienen que estar en el mundo siendo de Dios; tienen que darse a las almas sin perder su permanencia en solo Dios. Ese mundo de peligros, de lucha, de dificultades, de tentación, de tensión, de camino borroso, de poca ayuda..."
Madre María del Carmen
Puedes leer sobre su vida del día a día en la sección: Un día en la vida de la Oblata. Si deseas conocer las direcciones de sus monasterios puedes hacerlo en la sección Monasterios, donde también encontrarás información sobre cada uno de ellos.
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